| ingria ( @ 2005-10-05 14:12:00 |
Frente a mí, una taberna de mala muerte, como se suele decir, con el letrero de madera medio podrida y las letras grabadas, como los de antaño, frente al puerto.
Ha llovido y, entre unas cosas y otras, la humedad me provoca leves dolores en los tobillos. Hace mucho frío.
Empujo la puerta, también de madera (no podría ser de otra forma), y me adentro en ese mundo ficticio, propio de escritores bohemios, cambiando oxígeno por dióxido de carbono, en una nebulosa que me enrojece los ojos. Por un segundo, parece que todas las miradas se clavaran en mí.
Hay una mesa en la que tres hombres de avanzada edad juegan al póker. Una banqueta vacía invita sin palabras a la próxima partida. Nadie apuesta. No hay, aparentemente, nada valioso que apostar. Siempre se pierde en esa taberna lo único que parece no tener valor. Y es de todos por igual.
Me siento sin preguntar a perder yo también pedacitos de mi tiempo.
Entre las manos mustias de, llamémosle, izquierda, la baraja de cartas se empieza a descomponer dejando caer una frente a cada uno, y otra, y otra, y dos más.
A derecha le faltan dos dientes y un dedo, y lleva un gorro de lana azul y naranja, a rayas, con manchas de grasa. Imagino que en tiempos mejores fue un pescador conocido en la lonja del puerto por traer siempre los peces más grandes. Tiene sus cartas sobre la mesa.
En esta partida nadie puede pedir más.
Centro es algo más joven, pero una vida de excesos ha dibujado en su cara marcas indescifrables pero obvias. Es de esas personas decadentes, con sus ojos sanguinolientos clavados en los naipes. Sus naipes. Que son esos, y no otros.
Izquierda es el más anciano. En otros tiempos debió ser escritor o maestro. Siempre he pensado que los hombres con larga barba blanca son una especie de sabios, de los que saben más por viejos que por diablos.
Si la naturaleza no fuera tan caprichosa él sería el primero en caer. Por eso reparte.
Tengo frente a mí mis cartas boca abajo, con su reverso rojo de rombos, grasientas y medio despegadas. Las voy levantando lentamente hacia mí. Cuatro reyes y un as. Sé que he ganado, pero aún hay tiempo para la reflexión.
Derecha sólo ha tenido una pareja. Los demás sacan combinaciones que no logro retener. Se levanta y se va, dejando la banqueta libre para un nuevo jugador.
Expongo mis cuatro naipes vencedores y reservo mi as en la mano, observándolo, hasta que llega el momento de abandonar también mi puesto.
Dejo el as de tréboles en el centro de la mesa. Por desgracia, en esta taberna, ningún trébol tiene cuatro hojas.
Me dirijo a la puerta y, antes de empujarla, echo el último vistazo al lugar, lúgubre y sucio, lleno de tanta... Muerte. La verdad es que no sé para qué he venido.
Tras la puerta, la noche está serena y las estrella se ven claras, reflejadas, sobre el mar, como un espejo del universo. Supongo que más allá de los límites de mi visión imaginativa los marineros, en sus pequeños barcos, faenarán hasta el alba.
Tanta paz me hace recordar mis trabas "lingüísticas", esa estupidez que la soledad nostálgica produce algunas noches ante paisajes que evocan... no sé qué evocan, pero ahora me pregunto por qué hay palabras en mi vocabulario que me cuesta tanto escupir, que me hacen balbucear en un intento de decirlas...
De pronto todos los momentos trascendentales de mi vida pasan en mi pantalla de cine personal: mi octavo cumpleaños cuando el dentista me arrancó mi primer diente, aquel gigante despiadado (menudo regalito...)... la noche que vi a los reyes magos y ninguno llevaba corona, el día en que una botella decidió mi primer beso, cuando chupé un enchufe con catastróficos resultados (juraría que era de un ventilador, pero otras voces más sabias me contradijeron un par de veces), el momento en que cobré mi primer sueldo, el día en que me tocó la lotería (¡ah, no! ese nunca existió...), el día en que, frente a una granizada de limón, conocí al que sería el gran amor de mi vida. Y de repente todas las personas a las que he visto a lo largo de estos años vienen a mí en forma de flash, millones de imágenes.
De pronto, una bocina desesperada me despierta del letargo mental y la luz de carretera del mismo auto me ciega provocando en mí una histeria incontrolable.
Un estruendo... y me parece que todo ha acabado. Abro los ojos, el coche se ha marchado a toda velocidad.
Hay un gran charco de sangre, pero no es mía. El cuerpo de derecha es ahora un disfraz de vida en este carnaval de tanta... Putrefacción.
No. Ya no quedan tréboles de cuatro hojas.